Paisaje Abrupto, Esteban Leñero

9 de mayo - 25 de julio de 2026
jueves a viernes, 15h-19h y sábado, 11h-15h

Calle Mexicaltzingo 1343, Americana 44160 Guadalajara, Jal.

[ES]

Nacido y criado en Michoacán, Esteban Leñero pasó su infancia rodeado de artesanía: con ollas de barro y copas de vidrio soplado, figurillas lúdicas y sombrías pinturas religiosas. Como otros artistas que han trabajado seriamente con el arte popular (piénsese en Francisco Toledo o Chucho Reyes en México, Stuart Davis en Estados Unidos y, especialmente, Alfredo Volpi en Brasil), Leñero se interesa por la repetición y la serialización, por el color extático y las formas frontales, por los ritmos sincopados, las transformaciones materiales y las destilaciones traviesas que animan el trabajo de los artesanos con quienes ha colaborado estrechamente a lo largo de los años.

La artesanía ha sido a menudo romantizada como una emanación atemporal del pasado precolombino de México, una visión reductiva de un mundo rural atrasado que proporciona consuelo folclórico a la ciudad. Leñero rechaza esta perspectiva. Es, en esencia, un artesano, con la pintura como su oficio y, en sus pinturas, responde —como sus colegas artesanos— con vigor y creatividad a las transformaciones repentinas que han reconfigurado el mundo a su alrededor: el Paisaje Abrupto que da nombre a esta exposición individual. Desde su infancia en los años noventa, la deforestación ilegal ha despojado a los bosques de pino y los ha reemplazado por huertos de aguacate, y los cultivos de berries han convertido campos abiertos en ondulantes mares de polietileno blanco. En Jalisco, la expansión metastásica de la mancha urbana de Guadalajara ha engullido Tonalá, devastando las minas tradicionales de barro, particularmente aquellas utilizadas para extraer los pigmentos malva y verde salvia empleados para decorar el barro canelo.

A lo largo de sus pinturas, estas imágenes, más sugerentes que literales, emergen a la superficie con la urgencia aplanada de las figuras de engobe en vasijas de barro. Oleadas de pigmento blanco, azul y amarillo se elevan entre jarrones de flores como un cortinaje festivo invertido; ¿es incienso o un desastre invisible, justo fuera de cuadro? Las torres de iglesias atraviesan llamas naranjas y una capa de humo negro, como un apocalipsis de cómic —o quizá una fiesta pirotécnica de pueblo. En los lienzos de mayor formato, las cresterías geométricas de las casas de pueblo se aíslan y superponen, como las crestas en retroceso de conos volcánicos, en campos horizontales que se niegan obstinadamente a la perspectiva. Para una de las obras más evocadoras de la muestra, Leñero fabricó una reja metálica con un herrero en Michoacan, cuya superficie se fragmenta en una representación tipo tangram de una iglesia que implosiona. (Leñero siente una profunda y duradera afinidad por la efímera sacralidad del catolicismo.) A la vez cotidiana y bella —rasgos distintivos de la artesanía—, la obra habla de la impermanencia de las instituciones más sólidas de México y, de manera más sutil, de los restos de paranoia pública incrustados en cada ventana a nivel de calle en el país.

Paisaje Abrupto no es ni una denuncia ni un llamado a la acción. Es, más bien, un mapa vivo del cambio, una insistente implicación con el presente en el que todos nosotros, para bien o para mal, debemos habitar.

Michael Snyder

[EN]

Born and raised in Michoacán, Esteban Leñero spent his childhood surrounded by craft: with clay pots and blown-glass stemware, ludic figurines and somber religious paintings. Like other artists who’ve engaged seriously with arte
popular
(think: Francisco Toledo or Chucho Reyes in Mexico, Stuart Davis in the United States, and especially Alfredo Volpi in Brazil), Leñero is interested in repetition and serialization, in ecstatic color and frontal forms, in the syncopated rhythms, material transformations and mischievous distillations that animate the work of the artisans with whom he’s collaborated intimately through the years.

Craft has often been romanticized as a timeless emanation of Mexico’s pre-Columbian past, a reductive view of a backward rural world providing folkloric succor to the city. Leñero rejects these view. He is fundamentally a craftsperson, with painting as his oficio and, in his paintings, he responds, like his fellow artisans, with vigor and creativity to the sudden transformations that have reshaped the world around him: the Abrupt Landscape that lend this, his second solo exhibition, its name. Since his childhood in the 1990s, illegal deforestation has peeled back pine forests and replaced them with avocado groves and berry crops have turned open fields into rippling seas of white polyethelene. In Jalisco, the metastatic expansion of Guadalajara’s urban footprint has engulfed Tonalá, devastating traditional clay mines, particularly those used to extract the mauve- and sage-toned pigments used to decorate barro
canelo
.

Throughout his paintings, these images, more suggestive than literal, flash to the surface with the flattened urgency of slip figures on earthenware vessels. Billows of white, blue and yellow pigment rise between flower vases like an inverted festoon curtain; is it incense, or an unseen disaster, just out of frame? Church spires slice through orange flames and a pall of black smoke, like a comic-book apocalypse — or, perhaps, a pyrotechnic village festival. In larger canvases, the geometric crestings of village houses are isolated and layered, like the receding ridges of volcanic cones, in horizontal fields that stubbornly refuse perspective. For one of the show’s most evocative works, Leñero fabricated a metal grill, or reja, with a smith in Michoacan, its surface fragmented into a tangram representation of an imploding church. (Leñero has a profound and lasting affection for the sacral ephemera of Catholicism.) Both quotidian and beautiful — hallmarks of craft — it speaks to the impermanence of Mexico’s most stalwart institutions and, more subtly, to the detritus of public paranoia encrusted over every ground floor window in the country.

Abrupt Landscape is neither a denunciation nor call to arms. It is, instead, a living map of flux, an insistent engagement with the present where all of us, for better or for worse, must live.

Michael Snyder