“En las montañas crecen figuras. Colección SRE Pago en Especie 2025” organizada en colaboración con el Museo de la Cancillería

Del 21 de agosto al 17 de octubre de 2025
Lunes a sábado, 11:00h-16:30h
República de El Salvador 47, Centro, 06000 CDMX

 

“En las montañas crecen figuras” propone una lectura sensorial e imaginativa de las obras donadas en 2025 a la Secretaría de Relaciones Exteriores mediante el programa de Pago en Especie. A partir de las obras  de veintitrés artistas, la exposición se despliega como un vasto paisaje ficticio: un territorio simbólico donde la forma y la materia se entretejen para formar un museo al aire libre.

Este paisaje no es geográfico ni literal, sino una invención sensible: una cartografía tejida con fragmentos de múltiples mundos. Collages, esculturas, dibujos, fotografías, textiles y pinturas se convierten en figuras que emergen desde las montañas, no como representación de un paisaje externo, sino como manifestaciones de una sensibilidad paisajística: una forma de percibir y pensar el mundo a través de relaciones materiales, afectivas y simbólicas con el entorno.

Esa sensibilidad paisajística no apunta únicamente a la contemplación estética de la naturaleza, sino a la manera en que el paisaje habita los cuerpos, las memorias y los gestos de creación. Es una forma de atención a lo que crece, a lo que se transforma con lentitud, a los procesos que dan forma a la materia. En este sentido, cada obra se entiende aquí como una figura en devenir, como una coreografía simbólica, como un eco que habita un relieve común.

Concebido desde esta mirada, el paisaje se entreteje a través de vínculos imperceptibles entre elementos materiales y temporales, más allá de representar simplemente la naturaleza. Una pieza textil puede contener la topografía emocional de la condición humana; una escultura puede funcionar como tótem o ruina de una geografía imaginaria; un dibujo puede señalar las líneas de fuga de un territorio deseado o perdido. La muestra se convierte, así, en un collage expandido, un lugar donde conviven generaciones, técnicas y sensibilidades diversas.

Las montañas, como símbolo, evocan lo que permanece, lo que guarda silencio. Pero también lo inaccesible, lo secreto, lo que es hogar para formas de vida que no siempre se dejan ver. En este museo ficticio, sin paredes, sin techos, las obras no se presentan como objetos fijos, sino como presencias que crecen, que se entrelazan entre sí para formar una geografía compartida.

Este es un paisaje donde las formas no se imponen, sino que brotan, se encuentran, se acomodan entre laderas, piedras y sombras. Se propone aquí imaginar otras maneras de ver y habitar los territorios del arte, incorporando la mirada, el cuerpo y la memoria como formas de presencia.

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curaduría

 

“En las montañas crecen figuras” [In the Mountains, Figures Grow] offers a sensorial, imaginative reading of the works donated in 2025 to the Ministry of Foreign Affairs through the Payment-in-Kind program. Drawing on pieces by twenty-three artists, the exhibition unfolds as a vast fictive landscape: a symbolic territory where form and matter interlace to sketch an open-air museum.

This landscape is neither geographic nor literal; it is a sensuous invention, a cartography woven from fragments of multiple worlds. Collages, sculptures, drawings, photographs, textiles, and paintings become figures that rise from the mountains—not as depictions of an external scene, but as manifestations of a landscape sensibility: a way of perceiving and thinking the world through material, affective, and symbolic relations with the environment.

Rather than treating nature as a field for pure aesthetic contemplation, this sensibility asks how landscape inhabits bodies, memories, and gestures of making. It is an attention to what grows, to what changes slowly, to processes that give shape to matter. In this sense, each work appears here as a figure in becoming, a symbolic choreography, an echo that moves across a shared relief.

Seen from this vantage, the landscape is braided through imperceptible bonds among materials and temporalities—beyond any simple representation of nature. A textile piece may carry the emotional topography of the human condition; a sculpture may act as totem or ruin from an imaginary geography; a drawing may trace lines of flight across a terrain longed for or lost. The exhibition thus becomes an expanded collage, a place where generations, techniques, and sensibilities coexist.

Mountains, as symbol, evoke what endures and what keeps silent—yet also the inaccessible, the hidden, the dwelling place of life-forms that do not always reveal themselves. In this fictive museum without walls or ceilings, the works do not present themselves as fixed objects, but as presences that grow and intertwine to form a shared geography.

This is a landscape where forms do not impose themselves; they sprout, meet, and settle among slopes, stones, and shadows. The proposition is to imagine other ways of seeing and inhabiting the territories of art, bringing gaze, body, and memory forward as modes of presence.

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